Si hoy en día leer un libro se ha convertido en un acto de rebeldía, escribir uno sobre historia del diseño es un acto de locura. Miles de horas de trabajo más allá de «tu» trabajo, un paupérrimo retorno económico, convertirte en el ausente por defecto en tu familia… es el precio mínimo que hay que pagar por publicar. Entonces, ¿por qué lo hacemos? En mi caso, porque creo firmemente que el diseño es una de las pocas herramientas que tiene la sociedad para sanar, mejorar y, eventualmente, prosperar sin llevarse al mundo por delante. Y como no soy diseñador, la única forma de contribuir a la causa, era escribiendo un libro. Me puse manos a la obra.

Después de un sinfín de idas y venidas, supe qué hacer y cómo hacerlo. Quería un libro ágil, que retratase diseños icónicos pero desde la anécdota, alejándome de lo académico o la reflexión erudita y con una redacción amena y cercana. La clave estaba en los datos, en aquellos que por su esperpéntica naturaleza, fuesen capaces de sacar una sonrisa pero, al mismo tiempo, hubiesen sido determinantes en la gestación, vida o muerte de una idea.
En este sentido, el mayor reto no fue tanto encontrar qué contar, sino separar la paja del trigo. Las historias que buscaba suelen vivir entre el mito y la realidad, y como sabemos, es en esa frontera donde nacen las mentiras. Después de meses de investigación me hice con una buena materia prima y ya solo quedaba escribir.

La obsesión de UPS por girar a la derecha, el plan de Le Corbusier para demoler París, el ordenador de Apple que se arreglaba a golpes, la casa de Lloyd Wright que hacía aguas… Así, hasta las cien.
Son historias cortas, menos de 400 palabras e ilustradas individualmente, que nos acercan al diseño y a las disciplinas creativas en general, de forma diferente, más íntima, más humana, mostrándonos que el fracaso, la suerte o la tragedia, suelen ser las piedras fundacionales del éxito.

Marisa Gallén, Premio Nacional de Diseño y leyenda viva del diseño español, lo explica perfectamente en el prólogo: «No es un tratado académico, tampoco es un inventario de iconos, ni una sucesión de casos de éxito. Son historias sobre las consecuencias que rodean a cada decisión proyectual… Hay curiosidad, ironía y espíritu crítico, es decir, hay pensamiento. Y eso se traduce en que cada anécdota invita a formularnos preguntas de mayor calado… Y este libro lo cuenta sin solemnidad, sin miedo y, lo más importante, sin aburrir».
Siete meses después puedo afirmar tajantemente dos cosas, la primera: Escribir un libro sobre historia del diseño es un acto de locura —al menos me siento un poco más loco—. La segunda: ha merecido la pena. Bienvenidos a 100 historias breves sobre diseño.
